cuento corto

Concurso de cuentos del CIO

Fecha: 01 de Septiembre de 2019

CIO | Concursos CIO | Visto 2134 veces

1er. Lugar

Autor: Eduardo Melo

Título: La profecía



En una aldea ubicada en las altas montañas de los andes suramericanos, vivía una comunidad conocida como los “pancha k’anchay” que en quechua significa luz universal. Los pancha k’anchay eran famosos en las tierras de los andes porque aprendieron a utilizar los espejos que sus ancestros habían cambiado por plata y oro a los españoles conquistadores, pero a diferencia de sus ancestros, los pancha k’anchay no quedaron asombrados por ver el reflejo de su rostro en los espejos, sino por la capacidad que tenían estos de reflejar la luz del Inti sol. Así que aprendieron a utilizar los espejos para aprovechar la luz del sol en sus diferentes labores cotidianas, por ejemplo, los utilizaban para invocar al abuelo fuego, para iluminar sus casas, incluso los llegaron a utilizar para comunicarse con otras comunidades a grandes distancias. Como cualquier comunidad andina celebraban el “Inti Raymi” o fiesta del sol en el solsticio de invierno, para agradecer por los beneficios concedidos por el Inti sol.

Según la profecía del último cacique Inca “Atahualpa”, en la gran fiesta del Inti Raimy la luz del sol se apagará para siempre dejando todo bajo tinieblas, será el comienzo del gran fin. Los pancha k’anchay temían que llegara ese día, al igual que los otros pueblos, fue por esto que decidieron empezar a pensar en una forma de atrapar la luz del sol para siempre en sus espejos. Fueron muchos años invertidos en diseñar diferentes arreglos con sus espejos para lograr capturar la luz proveniente del sol. Doscientos años después de la muerte del gran Atahualpa, por fin se manifestó su profecía. Ese día los pancha k’anchay harían una muestra de sus habilidades con el manejo de la luz. Se habían reunido en lo más alto de la cordillera andina para recibir los primeros rayos del sol, todos los pueblos andinos estaban reunidos allí ese día. Se escuchaba decir que los pancha k’anchay habían construido una trampa solar, para algunos, eran solo rumores sin importancia, para otros pueblos, representaba una gran amenaza porque pensaban que, si los pancha k’anchay lograban secuestrar el sol, se harían más poderosos de lo que eran y podrían esclavizar a los demás pueblos. Se escuchó entonces el canto del primer pájaro y con él los primeros rayos del sol aparecieron en el horizonte, dando apertura a la gran fiesta. Los chamanes de toda la cordillera estaban con sus brazos levantados, llenos de ofrendas, bebidas, comidas, tejidos, animales y plantas sagradas. El chaman de los pancha k’anchay tenía preparado como evento principal, la solución a lo que podría ser la gran tragedia para los andinos, una trampa solar. Habían logrado construir un arreglo de espejos que era capaz de hacer rebotar la luz del sol tantas veces que parecía que el sol estuviese atrapado entre los espejos. Luego de que todos los pueblos hicieron sus ofrendas, comieron y bebieron, cantaron y bailaron, se bañaron con sus plantas sagradas y vieron como los cóndores sobrevolaban las altas montañas, estaban listos para el gran espectáculo ofrecido por los pancha k’anchay. Al ver que el pueblo de la luz universal había sido capaz de secuestrar el sol, los otros pueblos quedaron sorprendidos y en un ataque sorpresivo provocado por el temor a ser esclavizados, todos los pueblos arremetieron contra los pancha k’anchay y sus espejos, dejando sólo esta historia como recuerdo, fue así como la profecía del gran Atahualpa se hizo realidad, la luz universal se había apagado para siempre.

2do. Lugar

Autor: Ana Karen Reyes

Título: Me olvidé de los colores



Recuerdo que un día de pronto, me olvidé de los colores. Lo recuerdo bien porque fue el 16 de mayo del 2017, el día más nublado de todos.

Desperté en medio de la penumbra, parpadeé con fuerza pero mis ojos no lograron adaptarse a la oscuridad que de pronto se había tragado todo. Me levanté de la cama y, a tientas, busqué encender la luz pero los focos jamás se iluminaron. Quizá era una madrugada sin luna y sin electricidad porque al acercarme a la ventana, después de golpearme con las esquinas de los muebles, noté que nada iluminaba los caminos.

No, no era de madrugada, no podía serlo porque de algún modo, había ruido en la calle. La gente se saludaba, los carros pasaban, incluso a lo lejos el ladrido de un perro perturbaba la cotidianidad del mediodía. Me tallé con fuerza los ojos pero todo siguió igual. Algo le había sucedido a la luz y yo parecía ser la única que lo estaba notando.

¿Se habría cumplido quizá la profecía de aquel autor, que me obligaron a leer en secundaria, llamado Saramago? ¿Seremos todos ciegos, que viendo no ven? Debía averiguarlo.

Tres golpes después en el dedo pequeño del pie izquierdo, llegué hasta el ropero. Intuí dónde debía ponerme la ropa que con torpeza reconocían mis manos pero no supe si los colores combinaban o si me había puesto algo con la etiqueta de fuera. No me preocupó porque con tal oscuridad, no lo notarían. Pronto mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la nada mientras que mi corazón sólo quería salir huyendo del pecho. Sí, ese día fue el día más nublado de todos. La luz simplemente se había apagado y no sólo por un día, ni por un mes, ni por un año. Se apagó para siempre.

He aprendido a no golpearme con las esquinas de los muebles y a saber lo cerca o lejos que está el perro que escucho ladrar desde mi ventana. Sé cuando mamá va a entrar a mi habitación porque 5 segundos antes, su perfume lo inunda todo, pero ya no recuerdo cómo era que su sonrisa iluminaba mi vida. Ya no hubo más brillo del sol ni tonalidades verdes en los árboles; ya no hubo más amarillo del plátano y tampoco hubo más rojo de mi vestido favorito.

La felicidad fue asfixiada por una enorme nada y un día de pronto, me olvidé de los colores. Ojalá algún día también olvide que la ceguera se tragó mi vida.